viernes, 28 de junio de 2013

ANA BORGES JUGADORA DE FÚTBOL: / EL TOUR DEL HAMBRE,.

TÍTULO: ANA BORGES JUGADORA DE FÚTBOL:

Ana Catarina Marques Borges (n. 15 de Junio de 1990), es una jugadora de fútbol portuguesa.Ella es miembro de la selección de fútbol de Portugal.1 2

Biografía

Borges nació el 15 de junio de 1990, en Portugal. Jugó en la temporada 2006-07 en el equipo de fútbol portugués Laura Santos. A la temporada siguiente fichó por el equipo español Prainsa de Zaragoza en el que actualmente milita. Su posición es de delantera. Es internacional con la selección de fútbol de Portugal.3 Con su selección fue elegida la mejor jugadora de la Algarve Cup 2012.4 En mayo de 2012, marchó junto a su compañera de selección Edite Fernandes para jugar en el equipo estadounidense S.C. Blue Heat de la W-League USA.

TÍTULO:  EL TOUR DEL HAMBRE,.


Reportaje histórico

El Tour del hambre

    El Tour del hambre
  • Federico Martín Bahamontes ganó el Tour en 1959

  • Fue el primer español en conseguirlo

  • La España de la posguerra era un nido de penurias,.

     

    El Águila de Toledo, como así llamaba todo el mundo a Federico Martín Bahamontes, fue el primer español en ganar el Tour, allá por 1959. Eran tiempos muy difíciles para aquella España de la posguerra, pero Fede alegró con sus gestas a miles y miles de españoles a los que las penurias y duras jornadas de trabajo se les hacían más amenas siguiendo por los periódicos las andanzas del Águila por Francia. “MARCA agotó la edición el día de mi victoria”, recuerda.
    A punto de cumplir 85 años, el próximo 9 de julio, Bahamontes está como un chaval y contagia energía y positividad. Sus trofeos, bicicletas, maillots y demás recuerdos, están guardados en el Museo que tiene con la empresa Würth en Seseña.
    Allí, en uno de los templos con más solera del ciclismo, hablamos con Bahamontes de su épica victoria y del ciclismo de entonces y de ahora con motivo de la 100ª edición del Tour de Francia, que dará comienzo mañana en Córcega con tres españoles luchando por la victoria: Contador, Valverde y Purito. “Todo esto que veis aquí lo tengo porque mi abuela decía: el que guarda, halla”, dice Fede con sano orgullo.
    No sólo están las bicicletas de Bahamontes, sino también las de Indurain, Sastre y Contador, entre muchos otros. Pero, sobre todo, llaman la atención las más antiguas, las de comienzos del siglo XX. Pero nos centramos en las suyas.
    Su primera bicicleta, para el estraperlo de productos
    “Con esta bicicleta”, explica refiriéndose a una de ellas, “hacía el estraperlo. Hacía el mercado por la mañana, desde las seis hasta las 10. Luego almorzaba en casa y me iba a buscar algún dinerillo más vendiendo garbanzos, harina y pan. En la bici ponía unos tableros y costales para meter la cosas y, en especial, el pan, que no debía romperse. Tenía 17 años”, recuerda.
    Eran tiempos muy difíciles para los españoles. “Mis primeros entrenamientos fueron con la carretilla”, continúa explicando. “Entonces había hambre, y el hambre fue lo que me hizo agarrarme al mercado para poder comer. Vendía las naranjas picadas a seis reales —1,50 pesetas, 0,01 euros— la caja entera. En vez de tirarlas, me iba por las puertas vendiéndolas para sacarme un dinerillo. Lo que tiraban los demás, yo lo guardaba y lo vendía”.
    No lo hacía, evidentemente, por vocación, sino por necesidad. “Siempre había soñado con ser ciclista”, dice. “Me venía de mis abuelos, mis tías y, en especial, toda la familia de mi madre, porque, estando embarazada, iba desde Santo Domingo a Torrijos en bicicleta para hacer la compra. Mi padre trabajaba en un cigarral de guarda jurado y ganaba 14 reales [algo más de 3 pesetas, 2 céntimos de euro]. Éramos seis de familia”, recuerda, dando a entender que no bastaba. “Y nos quejamos ahora. Había que adaptarse a eso”.
    El Tour del hambre
    Fede, ya entonces, era una persona inquieta y despierta. “En una habitación monté un tallercito de bicicletas, porque intentaba establecerme por mi cuenta. Tenía bicicletas de alquiler y cobraba seis reales la hora. Así monté esta bici de carreras, sin rastrales ni cambios”, comenta mostrándonos otra de sus joyas. “Corrí y gané, porque me escapé de salida. Luego la cambié por otra más ligera y con rastrales. Pasé a tener un piñón con dos coronas y llantas de madera, que pesan menos”. Todas están allí, en Seseña, perfectamente conservadas.
    Su gimnasio era la carretilla para repartir verduras
    Desde el primer momento, Fede destacó en las subidas. “Lo de ser escalador lo achaco a la carretilla”, con la que se ganaba unos reales extras. “Los pulmones y la musculatura se hicieron allí”, añade. “Porque tenía cinco verdulerías a las que, después de terminar el mercado, tenía que repartir. Y claro, empujar por las cuestas de Toledo una carretilla con 100 ó 125 kg no era sencillo”.
    Tampoco lo era su vida, su día a día. “Me levantaba a las seis de la mañana. Iba al mercado, donde descargábamos a 15 céntimos el bulto, a veces bultos de hasta 80 kg y desde la calle. Teníamos un chaleco relleno que nos poníamos por detrás para que la mercancía no se nos clavara en la espalda, porque los repollos y las lombardas tenían los troncos muy largos y te dejabas los riñones allí”.
    Todos los días la misma rutina, el mismo esfuerzo. “Por descargar un camión de naranjas a granel, nos daban 6 reales, aunque a mí me daban 2 pesetas [8 reales, 1 céntimo de euro] porque no descansaba y no paraba de pasar cajas. Los nuevos, que no estaban acostumbrados, se iban al servicio para descansar y comerse las naranjas, las manzanas o lo que fuese. Mi gimnasio era el mercado; y también la carretilla”, comenta.
    “Comparar el ciclismo de antes con el de ahora es como comparar la Semana Santa con la Feria de Sevilla”
    Esquivando a la Guardia Civil en el estraperlo
    Los días no tenían descanso. “Después de vender la fruta picada y de almorzar lo que me preparaba mi madre, lo que había, de la misma me iba en bicicleta hasta Gálvez, que estaba a 30 km: 30 km de ida y 30 km de vuelta”, recuerda.
    “Otras veces iba a Torrijos, porque tenía varias rutas, ya que la Guardia Civil nos esperaba en el camino para quitarnos todo. Después de haber gastado lo poco que había ganado en comprar nuevo género, se lo quedaban ellos. Así de claro”, explica con un cierto aire de fastidio.
    Los viajes en bici y las estancias en pensiones
    Finalmente, tras destacar desde la primera carrera que disputó, Fede tuvo la suerte de ser ciclista. Pero tampoco era un oficio sencillo. “Una vez, en Burgos, corrimos el Circuito de los Puentes”, recuerda. “Mi compañero quedó séptimo y yo, noveno, porque era llano. No sacamos ni para pagar la pensión, así que nos marchamos a las seis de la mañana”, antes de que la dueña se despertara.
    “Luego, un tiempo después, pasé por allí para pagar a la señora, pero ya no existía la pensión”, explica con pena. “Con 6 pesetas cada uno en el bolsillo, mi compañero y yo nos vinimos de Burgos a Toledo en bicicleta. Por el camino compramos un pan y una lata de sardinas”, casi como único sustento. “Y encima tuve que volver a Somosierra porque me había olvidado dos tubulares en una trinchera que había de la guerra y en la que nos metimos para protegernos de una tormenta que nos sorprendió por el camino. Aventuras de esas, así [y hace un gesto de abundancia con la mano a la vez que se encienden sus ojos por el recuerdo].
    Robando en las huertas para poder sobrevivir
    Ha pasado más de medio siglo, pero Fede tiene la memoria intacta, aunque es puro nervio y pasa de una anécdota a otra casi sin tiempo de acabarlas. “A casi todos los sitios íbamos en bicicleta”, continúa. “Otra vez, yendo de Aranjuez a Motilla del Palancar, me caí por la noche y tuve que hacer toda la carrera con una mano. Íbamos detrás de los camiones que viajaban hacia Valencia por la noche y me pegué un galletazo que me fastidié todo el hombro. Pero gané, porque se acababa arriba”.
    En esos viajes había que comer por el camino, lo que no resultaba fácil. “Entrábamos a los melonares y a las huertas”, recuerda. “Era robar. Ahora son los rumanos y antes éramos los españoles”, dice con ironía. “Si los de ahora tuvieran que pasar por todo lo que yo he pasado, otro gallo les cantaría”, dice.
    Aquellos cómodos viajes en tren desde Hendaya
    Sus buenas actuaciones, no obstante, le permitieron formar parte del equipo nacional y correr el Tour y otras grandes carreras. “Todo era una aventura, porque llegabas a un sitio que no conocías. Íbamos siempre en tren, en tercera. Normalmente salíamos de Hendaya y después de más de un día en el tren, llegábamos a París con las marcas de los asientos, que eran de tiras de madera, marcados en las piernas”.
    No era, obviamente, lo mejor para correr dos días después el Tour, pero es lo que había. “Durante el viaje nos afeitábamos con vino blanco aprovechando alguna parada del tren, porque era de vapor. Y dormíamos sentados y recostados unos con otros”.
    La competición más importante del mundo esperaba. “Salíamos pegaos. Pero lo peor es que tanto a los españoles como a los portugueses, nos mandaban a los hoteles de la estación, con la caravana publicitaria. No había quien durmiese con tanta música y espectáculo. Para mí que lo hacían a propósito: siempre a la Gare [la estación]. Como éramos el equipo nacional, muy buen cartel no teníamos, ya que las relaciones de los franceses con Franco estaban completamente rotas”.
    Seguir la carrera tampoco era fácil: “Los coches que nos dejaban eran un poco flojos en aquella época y, por ejemplo, antes del Izoard siempre había que echarles agua para que no se calentasen”.
    Prohibido abandonar el Tour de Francia sin disculpa
    No siempre, sin embargo, descansaban en hoteles. “También teníamos pensiones y casas particulares, que acogían a los corredores. Luego nos buscaban un routier, un restaurante de esos que está abierto toda la noche, para que pudiéramos cenar. Ni a la carta ni nada, lo que había”.
    Eran otros tiempos, está claro. “Y si abandonabas tenías que ir a París a recoger tus cosas. Tenías que justificar el abandono y pasar por delante del médico. No se podía abandonar así como así”. Su primer Tour fue el del 54. “Yo era escalador nato y cuando me vio Julián Berrendero [el seleccionador nacional] en la Vuelta a Asturias me dijo: ‘Chaval, tú para el Tour’. Le respondí: ‘No tengo maleta, no tengo dinero, no sé francés’. Y me contestó: ‘No te preocupes, vas con el equipo nacional’. Y así podríamos decir que empezó mi carrera profesional”, hasta que cinco años más tarde, en 1959, logró ganar la Grande Boucle. “Eso está ahí, fui el primero en ganarlo y eso no me lo va a quitar nadie”, comenta con orgullo.
    Robando la comida y la bebida de los aficionados
    El Tour era una carrera de obstáculos, sobre todo para los extranjeros, que se tenían que buscar literalmente la vida. “En la salida cogíamos higos, pasas negras, pollo frío, té... Había un bidón grande de té y otro de café y cada uno cogía lo que quería. También manzanas o, cuando íbamos más al sur, melocotones ácidos, porque no estaban muy maduros”, comenta Fede.
    También se podían avituallar después en carrera. “Sólo había un avituallamiento”, recuerda Bahamontes. “Y eso que eran etapas de 260 km. Por eso salíamos cargados, con bolsillos delante y detrás del maillot, y atacábamos [robábamos] a los bares o a la gente, que dejaba encima de la mesa comida o bebida. Y ellos tan contentos, porque decían: el número tal se ha llevado mi botella de agua”.
    Lo hacían todos. “Yo también he cogido, porque si parabas en una fuente, todo el mundo paraba y perdías mucho tiempo. Muchas veces hasta cogíamos agua del pilón para echárnosla a los pies, porque con los rastrales te dolían los juanetes y las zapatillas apenas tenían suela y se hundía la planta del pie”.
    Virenque, el ‘recordman’ de la montaña del Tour
    Muchos piensan que Bahamontes ha sido el mejor escalador de todos los tiempos. “Es que no hay una sola carrera que haya corrido, y acabado, que no haya ganado la montaña”, dice él. “He ganado la montaña en todas”, insiste. “Eso no lo ha hecho nadie. Era mi pasión. Yo no sufría, hacía sufrir a los demás. En Italia decían: ‘Dejale andare, que va el cretino que nos fa morir a tutti’. He sido siempre el hombre más inquieto en el paquete y también gané la combatividad del Tour por eso, porque estaba todos los días escapado”.
    Sin embargo, el recordman de la montaña del Tour es Richard Virenque, con siete, frente a las seis de Bahamontes y Van Impe. “Me fastidia que Virenque esté ahí, como el mejor. Ni los franceses pueden decir que ha sido el mejor. Si yo hubiera sido francés, habría ganado ocho o 10 veces, porque subiendo no me hacían falta gregarios”.
    El actual, un ciclismo sin demasiado espectáculo
    Después de todas estas vivencias, las comparaciones son inevitables. “Para mí, han matado el espectáculo. Es como comparar una procesión de Semana Santa con la Feria de Sevilla o el Rocío”, dice sobre el ciclismo de sus tiempos y el de ahora. “No se parecen en nada, es como comparar un 600 con un Mercedes. El espectáculo no tiene nada que ver. Ahora, cuando un corredor tiene un pinchazo o una avería, levanta la mano y ya lo tiene todo solucionado. Ahora, se para el líder a hacer pis, y se paran 30 con él. El espectáculo se ha perdido”, insiste.
    La clave no era el masaje, sino sus poderosas piernas
    El liderato del equipo nacional no se regalaba, había que ganárselo. “Entonces no había una figura, éramos todos iguales. En la salida no había gregarios, todos éramos jefes de fila, aunque al de una semana algunos ya llevaban una hora perdida”, recuerda Fede. “A la hora del masaje, sin embargo, todos éramos iguales y algún día te tocaba el masaje a las 12 de la noche. Un día, un masajista me dijo: ‘¡Como vas, eh! Como te doy masaje yo’. Y le respondí: ‘Pues sabes lo que te digo, que esta noche no me vas a dar masaje y mañana te voy a brindar la etapa’. Me cabreé con él, salí con mala hostia y gané la etapa. Eran mis piernas y mis narices las que daban pedales, no él”. Genio y figura…
    Los critériums servían para llenar bien el ‘granero’
    Gracias a sus victorias, Bahamontes consiguió amasar una buena cantidad de dinero. Los critériums, especialmente, eran apetecibles para eso. “El mánager nos acoplaba a varios en un coche para hacer la tourné y un día iba con Geminiani, otro con Kübler, otro con... Pero yo no conducía y Gemiani decía: ‘El cabrito viene durmiendo y encima nos gana’. Ellos conducían y yo me dormía porque estábamos rotos”, explica Fede.
    La gira era agotadora, pero merecía la pena: “Era el grano que entraba al granero, eso era limpio. Yo cobraba 30.000 pesetas diarias. Y todo iba al granero”. La pregunta, finalmente, es obligada: ¿Quién ha sido el mejor de la historia del ciclismo? “Para mí, Coppi”, responde sin dudarlo.

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