domingo, 23 de diciembre de 2012

Perdidos en el laberinto; & Los gobiernos podían haber hecho mejor sus deberes"

Perdidos en el laberintoTÍTULO: Perdidos en el laberinto;


-foto--José Coronado, traje y zapatos de Hugo Boss, camisa de French Connection y corbata de Boss Orange. Hugo Silva, traje de Hugo Boss y jersey de Salsa Life Jose Haro

Uno es policía. El otro, sospechoso. Entre ambos, una mesa y poco más. La iluminación es tenue, casi inexistente. Luz entre sombras, lo justo para subrayar la expresión de los rostros. Más que un interrogatorio, aquello acaba siendo un combate de boxeo emocional. Uno habla, el otro escucha. Uno miente; el otro, también. La escena dura unos seis minutos, pero les costó todo un día de repeticiones. Uno de ellos es José Coronado. El policía. Y el otro, el sospechoso, víctima o verdugo, o ambas cosas a la vez, que es lo que se tiene que dilucidar, lo encarna Hugo Silva con absoluta convicción.
La película se titula El cuerpo y ha sido escrita por Oriol Paulo, que dirige la función. Arranca con la desaparición de un cadáver de la morgue, el cuerpo de una mujer fundido, evaporado sin dejar rastro. El inspector, Jaime Peña, que así se llama el personaje de Coronado, investiga el extraño suceso. ¿Dónde está el muerto? Mientras que el joven Álex Ulloa, al que da vida Hugo Silva, ejerce de viudo desconsolado (o no) de la mujer desaparecida (o no). Ella también tiene nombre: se llama Mayka, y aunque está muerta (o no), se erige, estando sin estar, en el tercer lado de un triángulo dramático al que se suma con autoridad Belén Rueda.
José Coronado y Hugo Silva: dos generaciones de actores frente a frente. Dos formas de hacer, casi dos formas de estar. Uno de los dos vencerá en esta historia de falsas apariencias y giros inesperados. El otro perderá. Pero los dos saldrán emocionalmente magullados. Como actores, no obstante, ambos acaban ganando: “Una película como El cuerpo marca toda una carrera”, afirma Hugo Silva.
La escena del interrogatorio, como en realidad toda la película (estrenada este fin de semana), pone en juego emociones extremas. El cuerpo es como una partida de póquer donde las apuestas son altas, se puede decir que la propia vida. Puro ajedrez verbal. “Los dos atacan y se defienden, buscando sobrevivir a sus propias tretas. Estamos ante una partida de ajedrez muy agresiva. O, si se quiere, un combate de boxeo muy inteligente”, remarca Hugo Silva.
Para José Coronado, encarnar a un policía no es nuevo. Al contrario, es casi un hábito. “Supongo que huelo a madero –bromea–. Llevo una docena o más de estos personajes en mi carrera”, recuerda el actor cincuentañero (más que cincuentón), que empezó su vida de estudiante disoluto, sin imaginar que acabaría siendo un reputado actor, especialista en policías. Si en algo se graduó en la universidad, fue en póquer y mus. Luego ejerció de modelo, de empresario, de dueño de restaurante, de motero –en eso sigue: la moto, que no se la toquen–, y, finalmente, tras años de dar tumbos de aquí para allá, ha acabado por afianzarse como uno de los más sólidos actores de cine en este país.
Volviendo a sus maderos, José Coronado consiguió un Goya este mismo 2012 por dar vida a un esforzado representante de la ley, Santos Trinidad, en No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu. “No sé por qué me encargan tanto policía; supongo que se me dan bien. Son unos tipos muy torturados, los polis. Al menos los que me tocan a mí”, bromea.
Coronado, como el resto del reparto y el director, Oriol Paulo, no quieren hablar demasiado de este thriller que arranca con aire sobrenatural, próximo al terror. Pero que, sin embargo, poco a poco, a medida que se acumulan los misterios, va entrando, como dice Paulo, “en un mundo racional y obsesivo donde se dibujan dos grandes temas: la venganza y la culpa”.
José Coronado, por su parte, subraya una evidencia: “Tan sólo diré que hay situaciones tremendas”. Y añade un consejo: “Eviten que nadie les cuente nada”, afirma, divertido, el actor que se ha esmerado, como siempre hace, en construir un policía diferente; ante todo, diferente del disoluto Santos Trinidad, aquel policía atorrentado (por el Torrente de Santiago Segura) y pendenciero, protagonista del filme de Urbizu.
“Como policía, como ser humano, Jaime Peña es muchísimo más complicado que Santos Trinidad”. Efectivamente, “su policía”, como remarca Coronado, resulta un ser abrumado, culpabilizado; un tipo herido por la vida; poco aseado, desagradable, francamente antipático. “En una película de género debes buscar la diferencia en cada personaje”.
Quien encuentra la singularidad sin esforzarse lo más mínimo, o eso parece en la pantalla, es Belén Rueda. La actriz protagonista de El orfanato y Los ojos de Julia, y ahora de El cuerpo, va camino de convertirse, si no lo es ya, en la auténtica madrina del cine de terror español. De hecho, Belén Rueda es ya un emblema indiscutible del festival de Sitges, tanto o más que el mismo King Kong. Pues ella, como protagonista del filme inaugural, ha abierto el certamen catalán en tres ocasiones en los últimos cinco años, incluida la última cita con El cuerpo, que fue el pórtico de la última edición del acontecimiento consagrado al genero del thriller, del terror y la fantasía.
Si en las dos anteriores películas de género protagonizada por ella, El orfanato y Los ojos de Julia (un filme cuyo guión firmaba Oriol Paulo, ahora director de la nueva película), la actriz encarnaba a una mujer víctima del pasado y abrumada por el presente, aquí, en cambio, da vida a una mujer bien diferente: fuerte y dominadora. Su personaje, Mayka Villaverde, marca las reglas del juego. O eso parece en este filme de falsas apariencias y pistas equivocadas. “Me encanta ser dominadora, la que manda por una vez en la vida –confesaba en el pasado Sitges la actriz–. Encarnar un personaje que tiene poder. O que lo ha tenido, hasta que se enamora”.
En realidad, aunque no lo parece, el amor está en el centro de este El cuerpo laberíntico por donde avanza la trama. “Vamos jugando –dice Hugo Silva–. Vamos pasando de un estado a otro, atacando y defendiendo, poniendo la carne en el asador”. Con Belén Rueda, Hugo Silva había trabajado en la miniserie La princesa de Éboli. Con José Coronado no había trabajado nunca, “y lo estaba deseando”.
Ensayaron mucho antes de empezar a rodar. Silva recuerda como Oriol Paulo los sorprendía en el rodaje introduciendo situaciones inesperadas. “Para que no nos amodorremos”, apunta. Para el actor todo es cuestión de atmósfera, “algo así como el estado que deja la música”. De hecho, la música es muy importante, y no sólo por la banda sonora. “Oriol nos buscó una canción que identificara a cada uno de los personajes, a su universo emocional. Una canción guía o amuleto o como le quieras definir”, destaca el actor, cuya canción fetiche fue One Day Like This, de los británicos Elbow: “En esa canción encontrarás mucho de mi personaje”.
O sea que El cuerpo es una película con playlist emocional. “Con esas canciones, que yo les sugería, quería dar a entender a los intérpretes un paisaje moral y un perfil emocional”, recuerda Oriol Paulo, quien apunta que la canción de José Coronado fue Everybody Knows, de Leonard Cohen, y la de Belén Rueda, Distant Dreamer, de la últimamente desaparecida Duffy.
El resultado, como hemos dicho, es un filme de factura clásica, donde el terror insinuado va tomando cuerpo (o perdiéndolo, como se pierde el cadáver al inicio del relato) entre entuertos y sorpresas, en medio de un paisaje árido, de morgue y oficina. Marcado por unos espacios amenazantes, impersonales, tristes, por los mismos donde deambulan unos personajes inquietantes y, a la vez, vulnerables entre una atmósfera sobrenatural que todo lo empapa.
Para Hugo Silva, rodar esta película ha sido una experiencia reveladora. “Mi personaje tiene muchos matices, y no se termina de conocer hasta el final. Eso, para cualquier actor, es un desafío”, afirma convencido. “Estamos entre personajes que son un acertijo, donde el sentido común para entenderlos resulta al final el menos común de los sentidos”.
Para el actor, el rodaje fue duro, en el sentido de su relación con el personaje. “En esta película oscura, de sótanos emocionales, Álex se me enganchaba al alma; no quería, pero me lo llevaba a casa, algo que intento evitar con todas mis fuerzas”, comenta este actor, famoso a raíz de sus apariciones en series de televisión, como Los hombres de Paco, donde era uno de los puntales dramáticos. El cine es ahora su horizonte. “Aunque no creo que hagamos El cuerpo 2”, dice Hugo Silva. “Tal como acaba todo, lo veo un poco difícil”.


TÍTULO: Los gobiernos podían haber hecho mejor sus deberes",.


La socióloga Saskia Sassen Ana Jiménez-foto,.
Alos 15 años, Saskia Sassen ya hablaba cinco idiomas. Nacida en Holanda (La Haya, 1949), se crió en varios países y vivió en ciudades como Buenos Aires y Roma. Aunque durante un tiempo dio guerra a su familia porque quería ir a estudiar a Rusia, a los 19 años se fue a Estados Unidos “con 50 dólares en el bolsillo, a la aventura”, dice. Y se quedó. Es profesora de Sociología en la Universidad de Columbia y vive entre Nueva York y Londres, donde impartió clases enla London School of Economics.
Hace más de 20 años que se dedica al estudio de la sociedad, desde el uso de las nuevas tecnologías hasta el terrorismo, pero, sobre todo, las dimensiones política, social y económica de la globalización. Cuenta que no tiene la facilidad de su marido, el también sociólogo Richard Sennett, para plasmar en libros sus investigaciones. A cada una dedica años. Su trabajo más conocido lo recogió en La ciudad global (de 1991, reeditado el 2001).
Sus libros se han traducido a una veintena de lenguas, y ella es requerida en muchos puntos del planeta para repensar el mundo actual. Comenta que cuando pasa más de un día en una ciudad, se enamora del lugar, y que podría vivir, por hablar de dos sitios, tanto en Kampala (donde, de hecho, residió) como en Barcelona, donde estuvo este otoño para participar en un congreso del Banco Mundial. A la vez, lo que muestra cómo es, no quiso renunciar a una charla organizada por una pequeña entidad de mujeres, Col·lectiu Punt 6.
No se permite una vaguedad ni una broma mientras desenmaraña el recorrido de la crisis actual. Fecha su inicio cuando la mayoría aún creía que todo iba bien.
Esta debe de ser una época interesante para hacer sociología, ¿no? ¿El mundo del último siglo o siglo y medio cambia?
En efecto. Una variable para mí es la noción de que algunos conceptos que habían adquirido significados estables, como la economía, el gobierno, la clase media…, en 20 años, pero sobre todo en los últimos años, se ha agudizado su cambio, se han desestabilizado. Ya no está claro qué es el gobierno nacional, por ejemplo en España, donde tienen tanta interferencia de las instituciones europeas. Lo mismo ocurre con lo social. ¿Qué es hoy lo social? ¿Quién tiene la capacidad de construirlo? Porque yo creo que se hace, no es un atributo que viene dado de grupos, familias, de la calle. A medida que nos hicimos una sociedad de clase media, esta es la que más se ha beneficiado del Estado del bienestar, del Estado que tiene un proyecto social, no sólo militar o de construcción de infraestructuras. Nos hemos vuelto consumidores de lo social. Pero hoy, en este mundo que está desestabilizado comparado con los significados que aparecieron en la posguerra, ¿qué sectores construyen lo social?
¿Cuáles, según usted?
Por un lado, las élites, que no son lo mismo que simplemente los ricos; las élites tienen un proyecto social. Y el otro agente son los pobres. No los pobres almacenados en guetos o slums, pasivos, sino los de lo que yo llamo working slums, sean de India o de favelas brasileñas, los que han hecho sus casas con sus manos, han construido una subeconomía, enseñan a sus hijos porque no pasan por el sistema formal de educación… Ellos construyen lo social pedacito a pedacito. Cuando los inmigrantes llegan a un país, algunos quedan reducidos a no hacer nada, pero hay comunidades que sí construyen tejido social, una economía de vecindario…
¿Cree que en el futuro se dirá que este tiempo marcó un cambio de época?
Ahora se está volviendo visible un proceso que en mis estudios ya veía en los años 80: que íbamos a una creciente desigualdad. Yo veía eso en una época que era de gentrificación (aburguesamiento), en que donde había un viejo edificio se construía uno renovado y hermoso, de grandes arquitectos. Entonces, muchos no entendieron mi trabajo; hoy me comentan: “Ahora entiendo qué decías”. Un orden visual señalaba unas clases medias cada vez más ricas, nuevas infraestructuras y tecnologías, modernización. Había un 20% de la población de las ciudades que se volvía más rica de lo que jamás habría esperado. Yo lo expliqué como que se necesitaba un sector intermedio de gente extremadamente especializada, con muchos conocimientos (inteligencia activa), y era un sector altamente pagado de la clase media, pero al mismo tiempo ya había un empobrecimiento de las tradicionales clases medias. Lo que ocurría era que el Estado aún cumplía con todas las funciones sociales, los sindicatos estaban todavía en condiciones de organizar y proteger, y los gobiernos aún creían que la clase media era el gran sector al que debían responder. Esa visión de prosperidad se concentraba en el centro de las ciudades, lejos de los guetos. Y empezó a generar mucha ansiedad a la gente que veía esos jóvenes con ropa y coches increíbles mientras ellos se volvían más pobres y se decían: ¡si a todos les está yendo bien…! Pero la clase media ya empezaba a perder, poquito a poquito, como una casa vieja que empieza a desmoronarse. En los años 90, se dio bastante en Sudamérica que las clases medias tradicionales, profesores, amas de casa…, iban vendiendo todo, su casa empobrecía por dentro, y llegaron a salir a la calle a protestar que no tenían para comer. Ahí empezó todo. Me pregunta si estamos entrando en una nueva época, y yo digo sí, todo eso ahora se ha vuelto muy visible. Pero quiero hacer hincapié en que este es un proceso que no cae del cielo, porque el euro no funciona, por el déficit de los estados… No; uno ya lo podía vislumbrar hace años, cuando parecía que a todos les iba bien. Sólo que llega un momento de intersección con la crisis financiera, con las prácticas de los estados que se habían endeudado porque ellos gastan dinero, pero también porque el sector financiero les empujó a hacerlo, porque les daba lo que parecían préstamos, pero no lo eran, eran derivados, productos financieros cuyo valor se relaciona con lo que ocurra vaya a saber dónde…
Lo que hasta ahora no se ha sabido.
Hay municipios en Italia, por ejemplo, que están en bancarrota por préstamos cuyo valor venía derivado por condicionantes muy alejados de ese municipio. Se desmorona un sistema que no fue la invención de gente o de gobiernos corruptos, eso es muy simplista como explicación, se requiere una más profunda y estructural. Una manera breve de decirlo es que se tendió a la financialización de todo. Va con el capitalismo transformar todo en algo que se pueda vender; pero financializar, transformar todo en un derivado… Su pensión ya no es simplemente dinero que se guarda; está titulizada y financializada. La primera crisis de este tipo fue en EE.UU. en los años 90 en Orange County (California), donde de pronto se supo que las pensiones de todo el sector público estaban financializadas y se fue a la bancarrota. Ahí había una lección muy grande que aprender… 
¿Y no se aprendió?
No. Lo mismo le ocurrió a Grecia. Es un abuso, y el criminal –y digo criminal, no confundo términos– tiene nombre: hay dos: por un lado, los ricos, lo que incluye gente del gobierno, que sacaron su dinero del país y no pagaron impuestos, y, por otro lado, el sector financiero, que supuestamente venía con soluciones. Goldman Sachs diseñó un producto financiero para que Grecia pudiera entrar en el euro, pero a la vez, desarrolló otro derivado para vender a otros inversores que iban a ganar si el gobierno iba a la bancarrota. Durante 20 años, gente brillantísima crea una narrativa complicada que van comprando inversores y políticos, y encima deciden que es una materia tan compleja que la dejan en manos de los expertos. País tras país, los ejecutivos –que han ganado poder frente al legislativo y un poder judicial más ambiguo– crean comisiones especializadas para manejar las finanzas, les ceden la función regulatoria. ¿Y quienes son los expertos en finanzas?, pues el mismo sector financiero. Lo mismo pasó con las telecomunicaciones. Los gobiernos podían haber hecho un poco mejor sus deberes.
¿Maneja el mundo un solo sector?
No, es más complejo que eso; es un proceso de participación muy amplio. El sector financiero, en vez de hacer simplemente finanzas, por su ADN, tiende a invadir otros sectores, lo que significa la financialización. La banca tradicional vende el dinero que tiene a cambio de un interés; las finanzas venden lo que no tienen. Tienen un aspecto muy creativo
–que yo desprecio–: hacer trabajar para el alto sector financiero elementos como la pequeña hipoteca de una familia modesta. No es fácil, ¿cómo rentabilizar esos pequeños pagos mensuales? Pues haciendo medio millón o un millón de hipotecas. Con un colega economista de la Universidad de Columbia examinamos que lleva 15 pasos intermedios hacer funcionar una hipoteca así para las altas finanzas. No es el valor de la casa ni de la hipoteca lo que cuenta, sino el contrato, que puede circular, combinarse con otros… En los últimos 20 años el sector financiero se ha liberalizado más y más, con desregulaciones y privatizaciones, y ha invadido sectores económicos donde no estaba. Casas, ayuntamientos…; en Estados Unidos casi todo está ya financializado: hipotecas
de familias, créditos para la compra del coche, préstamos a estudiantes…
Afecta a sectores sociales amplísimos.
Muy amplios, porque han desarrollado estos instrumentos brillantes y complejos, ideados a menudo por jóvenes cerebros no formados en economía clásica, sino en física y matemáticas, y que crean algoritmos que sirven de base para diseñar instrumentos financieros. Esta gente no piensa en términos como una empresa que calcula “si invierto esto, me va a generar tanto”. Otra fuente que alimenta el fenómeno actual es que los gobiernos han pedido muchos préstamos. Esto viene de principios de los 70, cuando el precio del petróleo aumentó, los países productores, en lugar de guardar ese dinero, lo dejaron en manos de bancos europeos y americanos que, de pronto, tienen tanto dinero… Una salida fue ir vendiéndolo a los países del sur (Latinoamérica, África), pero también a países del norte, y ahí empieza un proceso en que muchos gobiernos, con ese dinero barato, entran en una espiral de endeudamiento. Son muchas las cosas que se han juntado. En España, también un sector económico muy alimentado por las hipotecas y la construcción… Se juntaron muchas cosas, algunas iniciadas hace 20 años, y se acaba creando un marco complejo dominado por un sector financiero que maneja una diversidad de actores (familias, gobiernos, sector inmobiliario…). Y llega un momento en que todo eso estalla. Si hubiera sido un sistema montado sólo por economistas, se habrían visto los límites, pero se pensó en términos matemáticos. Ahora se ha tenido acceso a documentos como los del banco central de Estados Unidos, que indican que ya en el 2006 en algunos grandes bancos del país y otros extranjeros se advirtió (internamente) que se iba a una gran crisis financiera, lo que pasó en septiembre del 2008. Ahora vamos sabiendo cómo se fue gestando todo. Así que, volviendo a lo que preguntaba antes, sí, es muy probable que en un futuro se mire el momento actual y se diga “ahí cambió todo”. Hoy, en un extremo, ya vemos que hay gente que vuelve al campo, que crea un espacio económico muy restringido, piensa en empresas pequeñas, se ha reducido la fuerza de trabajo… Habrá que ver cómo será el futuro.
¿Se retrocederá en los avances logrados?
Yo no digo eso, pero en un futuro miraremos esta época y diremos “ahí empezó”: una caída dramática y un retorno a una economía menos financializada, en el momento más oscuro, que es este. La crisis no es de ahora, ni bastan explicaciones superficiales.
¿Y qué evolución ve posible?
Yo creo que una de las mejores cosas que pueden salir de la situación actual es la desfinancialización. Pero ya veremos. En Estados Unidos, en un principio, se dijo que refinanciar los bancos había costado 300.000 millones de dólares, y luego, a raíz de investigaciones periodísticas, se ha sabido que la suma asciende a varios billones, que acabaremos pagando los ciudadanos. Dinero que diola Reserva Federala las entidades bancarias a través de varias fórmulas; en dos o tres años constan 21.000 transacciones. 
¿La clase media se rehará, recuperará su nivel, su capacidad de consumo?
Yo ya apunté que iba desapareciendo la clase media en La ciudad global. Ahora, lo más importante es recuperar la economía, la material, la de producción. Un camino para eso es relocalizar la producción, que se ha extendido por todo el mundo, no sé si en España ocurre tanto como en Estados Unidos, pero ¿por qué hay que comprar una mesa fabricada en China? Hay que actuar a escala regional, no nacional, y si no hay trabajadores cualificados, pues se forman. Hay que generar un nuevo marco, en lugar del que ha causado el desastre actual. Yo lo defino como bajar la economía a la escala regional. En Nueva York, por ejemplo, estamos muy orgullosos de tener en el área 112 granjas, se reactiva una producción agrícola, hay restaurantes que presumen así de servir vegetales de la región y de temporada. ¡Se compra mucho a larga distancia...!
¿Cómo interpreta movimientos como el Occupy Wall Street, 15-M en España, y otras movilizaciones que proliferan?
Manifestarse y ocupar es importante, pero hay que hacer nuestra ciudadanía, nuestra economía. Me gusta la palabra make en inglés por ese significado de hacer algo material. No basta con que uno pague sus impuestos y consuma los beneficios de ser ciudadano. Delegamos en los legisladores, en el ejecutivo, cosas que no deberíamos haber delegado, igual que el ejecutivo delegó en el sistema financiero. Hay que entender el sistema financiero, igual que la tecnología…; todo se ha privatizado.
En España, hay un sentimiento independentista en Catalunya; usted ha estudiado cómo un mundo global se acaba expresando en un ámbito regional; ¿debe entenderse en este sentido un movimiento independentista o es una contradicción en el mundo globalizado?
Buena observación: lo que implica el mundo globalizado es que lo que veíamos situado en un Estado nacional ahora se transversaliza. Yo suelo hablar de la ciudad global, que funciona no solamente en la tradicional jerarquía sino que se comunica con otras ciudades de otros países. Las autonomías son como regionalizar a escala global. Una manera de entenderlo es ver si Catalunya y Madrid, por ejemplo, tienen circuitos diferentes que las conectan al resto del mundo. En Estados Unidos, Nueva York y California son dos economías distintas con sus propios circuitos globales. La globalización acentúa la diferenciación interna. Significa justamente la parcial desintegración de una jerarquía en que el Estado nacional está en la cúspide, representa todo, y hay una transversalización de conexiones; y ahí, en efecto, se recupera el peso de la región y de la ciudad.
En la sociedad cobraron importancia el ecologismo, la cooperación, la igualdad de la mujer. La crisis ha relegado estos asuntos.
Es posible que en ciertos países el movimiento ecologista, por ejemplo, fuera ya una manera de criticar el sistema. Muchas veces no tiene sólo una vertiente conservacionista, es un análisis crítico de un sistema económico dañino que, entre otros efectos, también causa perjuicios ecológicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario